Viaje a Italia

Bueno, como sabéis, la semana pasada estuve de viaje de fin de curso en Italia. Tal día como hoy, hace una semana, regresé a España. Quisiera haber hecho esta entrada antes, pero he tenido el tiempo desde que volví. Allá va a modo de cuento mi visita a Italia.

Día 1

A las tres de la mañana cogimos el autobús hasta el aeropuerto de Sevilla para, a eso de las seis, tomar un vuelo hasta Venecia. Era la primera vez que iba a coger un avión, que iba a facturar una maleta. Que iba, en definitiva, a conocer de primera mano todo el engorro de los aeropuertos. Casi rezando, días antes, porque ningún volcán entrase en erupción o hubiese una improvisada huelga de controladores aéreos que paralizaran los vuelos.

El avión de ida fue con Ryanair. Estábamos todos un poco acojonados con esa compañía, porque hace tan sólo un día o quizás dos había salido en las noticias que uno de sus vuelos había estado una hora en espera en el aeropuerto con los pasajeros dentro, a 40ºC y sin aire acondicionado. También había leído esa misma noche una noticia de Facua en la que se decía que Ryanair era la compañía peor valorada, pero eso me lo callé y no dije nada.

Total, que pasadas las nueve, aterrizamos en Venecia. Tras media hora de espera en el aeropuerto, entre que recogemos las maletas y esperamos el autobús, nos ponemos en marcha. Parece que una de las posibilidades de ese primer día era llevarnos a la playa, pero el día estaba nublado y fresco, y no apetecía demasiado. Aunque fue casi peor el remedio que la enfermedad, pues se decidió que en lugar de llevarnos al hotel y organizar las habitacione, fuésemos a “hacer turismo” de forma improvisada a San Antonio de Padua. De manera que allí pasamos todo el día, demasiado agotados y con demasiadas ganas de ir al hotel para descansar.

Allí, en San Antonio de Padua, probé mi primera pizza puramente italiana. Con cuchillo y tenedor me la comí. Era el primer restaurante en el que estaba yo solo fuera de España y si pido pizza y me ponen cubiertos, y veo a la gente comérsela con ellos, me daba cosa meter la manaza para comerme la pizza. Lo que no entiendo – ni entenderé – es porqué para cortar ponen un cuchillo de untar mantequilla. Aunque eso aquí también lo he visto para cortar carne. También fue en ese pequeño – bueno, mediano – pueblo donde descubrí con terror, espanto y pavor el precio de los refrescos allí. Los 2’50 euros por botella de 20 centilitros de Coca-Cola no te los quita nadie.

Con un cansancio de espanto y con una sed del demonio, aguardábamos todos deseosos de que llegara la hora fijada – las seis de la tarde – para volver al autobús que nos llevara al hotel. Por fin llegó la hora y el autobús nos llevó al hotel. Un hotel de cuatro estrellas que en principio era de tres, pero que fue cambiado a última hora sin coste por un error de la organización, que había fijado mal la fecha de llegada. Total, que salíamos ganando, según nos dijeron. Casi a las siete llegamos al hotel e hicimos el reparto de habitaciones.

La cena se compuso de una secuencia que se repetiría lo largo de cada uno de los hoteles y cenas posteriores: pasta, con queso para echarle a tu gusto, un plato con carne y un postre. Esa noche jugamos a las cartas, incluso en mi habitación se sumaron los profesores. A eso de las once me fui a dormir, pues al día siguiente había que estar desayunando a las siete para coger el autobús e ir a la Venecia de los canales a las ocho.

Día 2

Primer desayuno tan lejos de casa. Tonto de mi pensar que habría pan caliente y aceite de oliva. Nada más lejos de la realidad. Bollería industrial, con mantequilla y mermeladas para untar. De beber, café o zumo de sólo-dios-sabe-qué. El café no es que estuviera malo, pero tenía un sabor extraño. Sin contar las pequeñas cantidades con las que lo sirven; recuerdo que tuve que darle tres veces al botón de “coffee and milk” (café y leche) para que se me llenase la taza.

Después de aquello cogimos el autobús de “lujo” que El Corte Inglés describía en el folleto. Supongo que con “de lujo” se refieren a que tenía reposapiés. No tardamos en bautizar al conductor como “Schumacher”, por como conducía, pero no era la excepción. En Italia, no importa la doble línea continua, porque ello no es problema para adelantar. En Italia, tampoco se te ocurra cruzar un paso de peatones a no ser que vayas en grupo, porque allí nadie se va a parar para dejarte pasar.

Tuvimos más de media hora de retraso porque faltaba un papel, o algo, para pasar el checkpoint de turno. Un checkpoint es como lo que hay que pasar aquí para entrar en la autopista, pero allí en cada ciudad. Sí, hay que pagar por entrar en un autobús turístico a las ciudades, algo que me pareció insólito.

Con un retraso enorme, por fin cogimos el vaporetto que nos llevaría hasta Venecia. El único modo de acceso es en barco o a través de un único puente. Era preferible – y más bonito, dónde va a parar – coger un vaporetto.

Allí esperamos al primer guía del viaje que nos explicaría que se escondía tras Venecia. Aunque tampoco la cosa iba muy allá. Se le oía fatal y eso de “guía de habla hispana” descrito en el folleto de El Corte Inglés tampoco era muy acertado. Que entendía español, pues vale, ahora, que se explicase bien con él, pues no. El pobre hombre mezclaba instintivamente español e italiano, haciéndose unos líos que creo sólo el entendía.

Misteriosamente, la visita acabó en una fábrica-museo-tienda de cristal artesano que parecía como si fuera a comisión con el guía, pero sin el ‘como’.

Como la visita guiada terminó pronto, para hacer tiempo para la hora de comer, decidimos montar en una góndola y dar un paseo. Había que ir con cuidado, y comprar precios. Había algunos que cobraban precio único por persona, independientemente del número de gente que montase en ella. También había otros que ponía un precio al viaje en góndola y su coste total tenían que pagarlo aquellos que se montasen. Así, mientras que nosotros montamos por quince euros en la góndola, hubo otros que pagaron treinta por el mismo viaje pero con distinto gondolero.

Sin duda alguna, de todo el viaje a Italia, yo me quedo con Venecia y, sobre todo, con el paseo en góndola. Con lo que a mí me gusta el relax, la tranquilidad… ese paseo en góndola lo cumplía todo. La verdad es que me arrepiento muchísimo de no haber pagado un poco más por estar una hora entera allí montado, en vez de media. Creo que si vuelvo a Italia, será por Venecia.

Después del paseo en góndola, la segunda comida. En aquél lugar es donde descubrí que hay lugares en los que te cobran por cubierto y por servicio. También descubrí que no son pocos los lugares en España donde hacen pizzas muchísimo más buenas que en el país donde surgieron. Mucha fama parece que conlleva un gran sobre coste. Pero las pizzas que hace mi hermana en el Pizzón Pizza le dan mil patadas a la mayoría de ristorantes italianos.

Día 3

Día de traslado, de Venecia a Florencia. Teníamos que abandonar el hotel. Retraso. Más retraso. Resulta que los profesores estaban discutiendo con el dueño del hotel porque no se nos había avisado de que se nos cobraría el agua. Tal como suena, el agua de la cena nos la cobraron. Se apiadaron de nosotros, ¡pobres!, que como no habían avisado sólo nos cobraron la mitad del agua consumida. Este primer hotel de cuatro estrellas se llama Hotel Alexander Palace, y si vais a Italia, preguntad bien los precios, porque puede que os cobren hasta por respirar.

Traslado a Florencia. Día de tiempo libre. Visité por mi cuenta la catedral y algún museo. Almuerzo – creo que fue el único día que no comí pizza -, más museos, y un largo recorrido hasta el punto donde el autobús nos recogería. Ah, me hicieron una caricatura que ya he colgado en mi cuarto. También compré un dibujo de esos fotocopiados que aquí venden en la playa. Me hizo gracia como se la meten doblada a los guiris. “Original, hecho a mano, ¿no?”. “Sí, 20 euros”. “Muy barato”. No se dio cuenta que el de al lado tenía el mismo dibujo, y el del otro lado también. Yo le dije que no le daba más de 4 euros por el dibujo fotocopiado.

Traslado al hotel, esta vez de tres estrellas, en Montecatini. Las habitaciones esta vez serían de cuatro, en lugar de dos como en el hotel anterior. Llegamos, distribución de las habitaciones y, ¡oh, sorpresa!. Mi – nuestra – habitación es un sótano. Como suena. Un sótano. Un sótano con una única ventana que daba a la nada. Me quejo y la muchacha que llevaba aquello decide darnos otra habitación donde está el resto del grupo, por encima de la primera planta, con balcón y ventilación. Nos vería con cara de buena gente, o de pardillos, no lo sé, pero nos dio dos habitaciones cuádruples para cuatro, por lo que decidimos coger las dos, ya que nos la había dado, y dormir dos y dos. La cena no tiene mucho que contar, de nuevo, pasta, carne y postre, con un agua por medio que no sé muy bien a que sabía, pero no estaba seguro de si era potable hasta que el camarero-recepcionista-segurata nos dijo que “sólo bebiésemos ese agua”, que “había pasado un filtro y era potable”, que “la de las habitaciones no podíamos beberla”, bajo riesgo de que nos diese una diarrea del carajo – esto último lo he añadido yo -.

Día 4

Ante lo cutre del sitio, y que me enteré que habíamos pasado la noche solos y con la puerta del hotel abierta de par en par, antes de irme, recogí la mayoría de mis pertenencias, las metí en la maleta, la cerré con llave y le metí el código de seguridad… por lo que pudiera pasar.

Volvemos a Florencia, esta vez con guía, la mejor guía que hemos tenido. Era una mujer de Bilbao con un micrófono que se oía bastante bien, aunque quizá lo más importante era que sí se explicase en castellano.

La guía, además de cumplir su cometido de explicar y hacerlo bien, tuvo la amabilidad de recomendarnos sitios decentes y no demasiado caros para comer. En concreto, uno que hacía pizzas al horno de leña, The Yellow Bar, que no era caro, y que parece que gustó, pues la mitad del grupo más los profesores acabamos allí comiendo. Las pizzas, estupendas. Las únicas pizzas italianas que puedo decir que estaban muy buenas.

Por la tarde, más turismo. Visita al Palacio Pitti – en el que por cierto no dejaban tomar fotos – y de nuevo un largo camino a pie hasta el autobús. Y ahora es cuando llega lo bueno…

Llegamos de nuevo al hotel de tres estrellas en Montecatini, el Hotel Villa Rita. Vamos a recoger las llaves de la recepción cuando las llaves de las dos habitaciones cuádruples no están. “Puede que Rafa – el profesor – las haya cogido por error, vamos para arriba a ver”. Llegamos a la segunda planta. Nada. Mi habitación está cerrada. Otro de mis compañeros va a la habitación de enfrente, la otra cuádruple, gira el pomo y… ¡sorpresa! La habitación está abierta. Pero no sólo está abierta, ¡sino que está ocupada por otra gente!

Más concretamente ocupada por dos señoras mayores, creemos que rusas, con la que no entendíamos palabras. “Do you speak English?” (¿habláis inglés?), les pregunté para intentar tranquilizarnos todos en lo que solucionábamos el incidente. Algo incomprensible a mis oídos dijeron. Ni idea de qué era. La realidad era que una de las habitaciones estaba ocupada por otras personas, que nuestras cosas no estaban allí y que la otra habitación probablemente también estuviera ocupada por alguien que estaba fuera en ese momento.

La verdad es que reconozco que fue un momento de mucha tensión, por mi parte también, por la incertidumbre de no saber dónde estaban nuestras cosas. El recepcionista-camarero-segurata llamó por teléfono a la rubia del día anterior quien, al cabo de un rato, conseguimos entender que nuestras cosas habían sido movidas a la habitación 305 de la última planta. Vamos para arriba.

Cogemos la llave, subimos, meto la llave en la puerta. Se cae el número cinco de la puerta. Bien empezamos. Abro la puerta. Toco el interruptor. Oscuridad. Con la pantalla del móvil encendida, miro el cuadro de fusibles. La luz está conectada, pero no funciona. A la izquierda de la habitación vemos tras lo que parece una puerta una luz. Abrimos esa puerta. En la alcoba que ahora era nuestra habitación se encontraba también el cuarto de mantenimiento. Escobas, tuberías, una caldera, telarañas. Lo tenía todo. Para más inri, al ser una alcoba y tener el tejado inclinado, no te podías ni meter en la bañera del cuarto baño, salvo que entrases torcido. Más indignación. Nos habían cambiado las cosas de sitio sin nuestro consentimiento. Propongo poner una reclamación.

Llega la rubia que dirigía el cotarro. Parece intentar persuadirnos de poner una reclamación. Con una chulería propia de un tertuliano de Telecinco, me dice que ella “no va a perder su trabajo por unos niños”. A lo que yo, más encendido que hace unos minutos, le digo que “puede que tú no pierdas tu trabajo, pero voy a intentar que las agencias de viajes, al menos españolas, no escojan esta mierda de sitio en su itinerario”. A la reclamación se fue sumando gente, aunque algunos se sumaron realmente por armar un poco de follón y nada tenía que ver con nuestra reclamación. Hubo quien se quejó de que el día anterior cuando llegamos tuvimos que matar una cucaracha – o un grillo, no sé – en la recepción y que no se recogió hasta el día siguiente. Aunque esto no es nada relevante, no puedo evitar transcribir lo que digo la rubia, porque no pude evitar soltar una carcajada: “La cucaracha es un ser vivo, tú eres un ser vivo. En algún momento tenéis que cruzar vuestros caminos”.

Después de tan tierno momento filosófico por parte de la rubia, insisto en que traiga una hoja de reclamaciones. Tras muchas largas, dice que tiene que ir por ella. Tras casi otra hora de espera, aparece con un folio con el logotipo del hotel. “¿Esto es una hoja de reclamaciones aquí?”. Muy sospechoso. El profesor llama al teléfono para emergencias de El Corte Inglés para preguntar, donde le dicen que en Italia no tienen el concepto de libro de reclamaciones que tenemos en España. Allí se escribe en una hoja, la firmas, la firma el encargado de lo que sea, se sella y se envía a algún sitio.

La prepotencia de la rubia fue más allá: “¿en que idioma te escribo la reclamación?”, le dije muy educadamente para la situación. “¿Te vale en italiano?”. “No, creo que la voy a escribir en castellano”. Escribí, con ayuda del profesor, la reclamación, en español, por haber cambiado la cosas de sitio sin avisar, sin estar nosotros presentes. ¿Qué pasa, es que la habitación de la alcoba no podían habérsela dado a las viejas rusas? La reclamación ya está escrita. Nos dice que tiene que firmarla su jefe, al día siguiente a primera hora.

La noche se completó con el intento de pillar a un pajillero que la noche anterior se había puesto en la puerta del hotel a llamar a las chicas mientras desde el coche se masturbaba. Aquella noche regresó, se le grabó en vídeo para denunciarlo a la policía, se le pilló la matrícula e incluso el camarero-recepcionista-segurata salió corriendo tras él. No sé como terminó esta historia.

Día 5

Ni el jefe ni la rubia dan la cara. Tenemos que irnos a Pisa sin poder dejar sellada la reclamación. Como digo, ni rastro de ninguno de los dos. Gente en general, si tenéis que ir a Italia, no se os ocurra alojaros en el Hotel Villa Rita de Montecatini. Jamás. Tengo la esperanza de que esta entrada se acabe posicionando en Google para que, cuando alguien busque el hotel, aparezca que es un basura. Tenía ganas de escribir esta parte para remitírsela por email a los encargados. En cuanto la publique la envío. Ya contaré si me contestan. De todas maneras, a la vuelta, ,también pondríamos una reclamación a El Corte Inglés.

En otro orden de cosas, cogimos el autobús, estábamos a una hora de Pisa. En Italia todo está a una hora de todo. Desde el aeropuerto de Venecia estábamos a una hora de San Antonio de Padua; desde el hotel estábamos a una hora del puerto; desde el primer hotel al segundo, también estábamos a una hora. Ahora, volvíamos a estar a una hora, esta vez de Pisa.

Pisa sólo fue de paso. Después cogeríamos el autobús para ir al último hotel en Roma. También de tres estrellas – ¡miedo me daba! -. En Pisa nuevamente tuvimos tiempo libre para visitar la ciudad y, por supuesto, hacernos la típica foto sujetando la torre. Me quedé con las ganas de alquilar una bicicleta de esas de cuatro plazas para recorrerme la ciudad.

Antes he dicho que en Florencia fue el único día que no comí pizza. Miento. En Pisa tampoco comí pizza. Había un Mc Donals muy cerca de la zona turística. Al ser franquicias, los precios y los productos eran los mismos que en España. Eso sí, cobraban por el kétchup.

Autobús de nuevo. Roma estaba a cuatro horas. Cuatro horas que resultaron ser casi seis por un accidente que hubo en la autovía-autopista. También hubo otro inconveniente, y es que el “autobús de lujo” se recalentó y tuvimos que parar. Visto lo visto con el hotel de Montecatini, tenía miedo de ver qué me podía encontrar en Roma con otro hotel de tres estrellas italianas.

Nada que ver. El hotel romano se encontraba en una parte muy céntrica de la ciudad, frente a una estación de metro. La primera impresión fue buena. La habitación parecía limpia. El único defecto que veía era que era bañera en lugar de ducha. No era algo malo en sí, lo malo era que no había cortinas y ducharse era ponerlo todo perdido, pero perdido de verdad. Quitando esto último, el hotel estaba muy bien para las tres estrellas que tenía, en comparación con el anterior. El restaurante era muy amplio y la comida, a pesar de seguir la pauta de pasta-carne, estaba muy buena. El hotel, hay que ser justos diciendo el nombre, es Hotel Madison.

Día 6

Ya en Roma, tocaba visitar todo lo posible de la ciudad. Desde las iglesias hasta el mismísimo Coliseo, pasando por la Fontana Di Trevi. Si bien es cierto que la falta de organización hizo que nos quedásemos sin subir al Palatino.

Día 7

Último día turístico en Italia. Lo principal de este último día era visitar El Vaticano. Llegamos con tiempo de sobra como para visitar cosas por nuestra cuenta. Luego, por la tarde, una guía – esta vez portuguesa, pero con un castellano más que aceptable – nos guiaría por los museos vaticanos, por los que se pagó 50 euros. También visitamos la Capilla Sixtina.

Por ser el último día, los profesores consintieron llevarnos a un pub. No es que fuera muy bueno – pusieron cinco veces La Bomba de King África -, pero lo pasamos bien.

Día 8

Al día siguiente, por la mañana, otro autobús vino a recogernos para llevarnos al aeropuerto de Roma. Tras otra eterna espera en un aeropuerto bastante extraño en el que las colas van haciendo eses, y eses, y eses, llegamos a la puerta de embarque. De nuevo, otro retraso, esta vez de una hora. El avión esta vez era de Vueling, que me pareció bastante menos cutre que el primer avión.

Tras el despegue, me moría de hambre. Y como yo, casi todo el grupo. No sabría decir cuantísima gente pidió de comer en el avión. La mayoría optamos por el “menú Sevilla”, que no era más que un bocadillo con aceite, tomate y jamón, patatas y refresco. Las ganas que teníamos de comer jamón, al menos yo.

En unas dos horas, tiempo inferior al vuelo de ida, se nos informa de que vamos a aterrizar en Málaga. El vuelo de vuelta se me hizo cortísimo, apenas me dio tiempo de acabarme la revista del avión. Aterrizaje. Maletas. Gente que habla español. Servicios gratis. Fuentes. Oh, España, no sabía que te echaría tantísimo de menos. Hubo quien, al bajar del avión, besó el suelo y se envolvió con una bandera de España, no sé si a riesgo de ser tildado de “facha” por otros. De cualquier manera, entendí ese sentimiento de volver a la patria. Piensas que tu país es un asco, pero no sabes lo que tienes en casa hasta que sales fuera.

De nuevo, otro autobús nos llevaría de vuelta a Córdoba. A eso de las nueve menos cuarto, entramos en Córdoba. Nunca vi tanta gente deseosa de volver. El viaje había terminado.

4 comentarios a Viaje a Italia

  1. Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: Bueno, como sabéis, la semana pasada estuve de viaje de fin de curso en Italia. Tal día como hoy, hace una semana, regresé a España. Quisiera a ver hecho esta entrada antes, pero he tenido el tiempo justo esta semana. All……

  2. Vir dice:

    Muy buena descripción del viaje, Jorge. Te felicito, es una de las entradas que más me han gustado por tu sinceridad y por haberlo vivido yo también, claro.
    Por cierto, yo era una de esas personas deseosas de volver… jaja
    Buen verano! :)

  3. [...] antes que la propia web oficial. Además, ha estado en actualización incluso en ocasiones, como cuando estuve de viaje en Italia, en las que no podía actualizarla, gracias a las posibilidades que ofrece WordPress en cuanto a [...]

  4. [...] primer post de julio era sobre el viaje que hice a Italia de fin de curso. Un relato extenso, sobre mis idas y venidas en el país del entonces primer [...]

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